—Díselo a un juez —gruñó Richard, ofendido. Levantó la barbilla con una arrogancia que resultaba patética dada su apariencia descuidada.
—Se lo diría, Richard, pero aún no es el momento —respondió Isabella con una frialdad que sorprendió incluso a Leo—. Tengo por seguro que, desde que este niño nazca, no lo verás. No tienes madera de padre ni sirves como ser humano. No vas a acercarte a mi hijo ni a mi familia. Jamás.
—Voy a verlo cuantas veces quiera —espetó él, pero no la miraba a ella. Sus o