Leo Peterson observó la fotografía sobre su escritorio y sintió un impulso violento de romperle la cabeza al detective que apuraba un trago de whisky frente a él. Indudablemente era ella. No había margen de error. Era la misma mujer que lo había cautivado en cuestión de minutos, la que le había respondido con fuego a cada uno de sus comentarios arrogantes.
Había caído en su juego de forma patética, sin calcular, sin analizar, como un principiante. Se había jurado a sí mismo no volver a caer en