Mundo ficciónIniciar sesiónNathan creyó haber enterrado al amor de su vida. Maya murió… o eso le hicieron creer. Tras un accidente que lo cambió todo, solo quedaron el silencio, la culpa y una hija a la que proteger: Noah, el único latido que le recuerda que alguna vez fue feliz. Pero el destino no siempre escribe finales definitivos. Años después, Nathan la ve. Respira. Camina. Vive. Maya está viva. El problema es que no lo recuerda. Mientras él lucha por reconstruir un pasado que ella no reconoce, secretos enterrados comienzan a salir a la luz. ¿Fue realmente un accidente? ¿Quién decidió separarlos? ¿Y qué ocurre cuando el amor sobrevive… pero la memoria no? Entre mentiras, heridas que no han cerrado y una verdad capaz de destruirlo todo, Nathan deberá enfrentarse a la pregunta más dolorosa de su vida: ¿Puede el amor vencer al destino… o el destino siempre cobra lo que le pertenece?
Leer másVi algo que me enterneció. Estaba allí, en el restaurante, cenando con una niña en su regazo. No debía tener más de dos o tres años.
(Era él. El chico del que papá me había hablado en sus notas). La pequeña jugaba con unos autitos, fingiendo que comían, y él la seguía el juego diciendo “ñam ñam”. A ella le daba risa y después comía con más ganas. Uno de los autos cayó al suelo. Lo recogí, viendo una oportunidad para acercarme. —Toma —dije, sentándome frente a ellos mientras le devolvía el juguete. Él me miró unos segundos, sorprendido. —Gracias —dijo, luego se dirigió a la niña—. Noah, ¿cómo se dice? —Asias —respondió ella con una sonrisa. —Señor Larson, gracias por venir a nuestro restaurante. —¿Nuestro? —arqueó una ceja, curioso. —Era de Liam Reynolds. Bueno, lo fue. Desde que falleció, todo ha ido en decadencia. Tener a alguien como usted cenando aquí… es importante para nosotros. Me miró, confundido. —¿Falleció? ¿Qué le pasó a Lia… Una voz lo interrumpió: —¡Perdón, perdón! ¡El tráfico estaba horrible! No pude llegar antes —dijo una joven, entrando algo agitada. La observé. ¿Me conocía? —¡Hola! ¡Cuánto tiempo! —me saludó con emoción. —¿Ara? —exclamó Noah, feliz, y Nathan le pasó a la niña. —Intenté pagar la cuenta, pero el mesero me dijo que estaba cubierta por la casa. —Está bien —dijo él. —Te espero en el auto. Adiós, señorita Reynolds —añadió antes de salir con la niña en brazos. Nos quedamos solos. —Bueno, no lo entretengo más. Seguramente quiere volver con su esposa e hija —dije, esbozando una sonrisa. Me causaba una mezcla extraña de tristeza y ternura. Mi esposa estaba frente a mí… y no tenía idea de quién era yo. Me levanté y le tendí una tarjeta. —Gracias, señorita Reynolds. Si en algún momento quiere hablar, no dude en llamarme. —Gracias —dijo, tomando la tarjeta. ⸻ En el auto, Lara me miraba raro. —¿Qué pasa? ¿Por qué me mirás así? Tardó unos segundos en responder. —Nathe… ¿cómo es posible? Maya murió hace cuatro años. —No lo sé, hermana. Yo también me quedé helado cuando la vi. —¿Te reconoció? ¿A Noah? Negué con la cabeza. ¿Cómo podía estar viva? Después del parto me dijeron que había muerto. ¿Quién estaba enterrado entonces? El auto llegó a la villa. Bajé sin decir nada. —Lara, ¿puedes cuidar a Noah? Tengo que ocuparme de algo. Estaré en el despacho. Ella se quedó sola en el auto. El chofer le abrió la puerta. Era su hermano. Tenía que ayudarlo. Nathan había sufrido demasiado después de la supuesta muerte de Maya, y Noah tuvo muchos problemas de salud tras nacer. —Está bien, señorita Larson —dijo el chofer. —Sí —respondió, sacando a Noah de la sillita. —¿Qué le pasó a Nathan? —preguntó Jenn al verla. —No lo vas a creer, mamá —dijo Lara, dejando a Noah dormida en el sofá—. Estuvimos con Maya. Jenn se quedó en silencio unos segundos, y luego fue directo al despacho de su hijo. Nathan estaba sentado frente a la ventana, con un vaso y un cigarro. Al verla, apagó el cigarro y se dio vuelta. —¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a Noah? —No, hijo. Lara me contó lo que pasó. ¿Es cierto? Asentí y me senté en el escritorio. —¿Ella… te reconoció? —No, mamá. No sabe que soy su esposo ni que Noah es su hija. No recuerda nada —bajé la mirada. No entendía nada. Liam nunca me dijo que Maya seguía viva. Incluso vino a ver a Noah varias veces. ¿Cómo pudo ocultarme algo así? —¿Y Liam? —Murió. No lo sabía hasta hoy. —Pero… —¿Podés dejarme solo un rato, mamá? Necesito ordenar mis ideas. ⸻ Pasaron los días. No llamó. Ni un mensaje. Nada. Por suerte, mi secretaria logró ubicar los restos de Liam. Fui hasta el cementerio. Allí estaban las tumbas: la de Liam… y la de Maya. Liam Reynolds 1975 - 2024 Maya Reynolds 1997 - 2020 ¿Cómo era posible, si la tenía frente a mí? Escuché pasos. Alguien se acercó. —Buenos días, señor Larson —dijo una voz familiar. Era ella. Lucía confundida de verme. —Señorita Reynolds… yo… —¿Conocía a mi padre? —Nos vimos un par de veces. ¿Cómo se enteró de su muerte? —Por las noticias. Días después, recibí algunas cartas de él. —Lamento mucho su pérdida. Liam era una persona muy querida. —Lo sé. En una de las cartas decía que, si algún día volvía, lo buscara a usted. Que usted tenía respuestas. Me congelé. —¿Respuestas de qué? —Ya lo habrá notado, ¿no? —dijo, señalando la lápida. Asentí—. Creo que algo me pasó… y también a él. No recuerdo muchas cosas. Cuando leí esa carta, supe que tenía que irme de donde estaba. Tenía miedo. —¿Por qué? —La primera vez que vi a mi padre no lo reconocí. Se presentó con otro nombre. Pero luego, un recuerdo volvió, y supe quién era. Desde entonces, todo ha sido confuso. También dejó algo más… para usted. —¿Lo tienes? —Sí —sacó un sobre de su bolso y me lo tendió. Nos sentamos en una banca. Abrí la carta. [Querido Nathe: No sé cómo explicarlo… pero espero que algún día me perdones. Ya debes haberla visto. Sí, es ella. Lo siento por haber mentido sobre su muerte. Si estás leyendo esto, probablemente ya no estoy. Necesito que la cuides. Se avecinan cosas terribles, y temo que se entere de la peor manera que no es mi hija biológica. Su verdadero padre es ese supuesto “tío”. No pude decir nada antes, me tenían atado de manos. Lo siento. Cuida de ella… y de mi querida Noah.] Levanté la vista. Ella me observaba, esperando. —¿Qué dice la carta? —Nada importante —respondí, guardándola en el bolsillo. —¿Seguro? Me levanté. —Sí. Si tienes más cosas de tu padre, no dudes en llamarme. —Podemos ir a su casa. Conseguí la llave ayer. —Perfecto. Vamos en mi auto. Antes de subir, envié un mensaje: /Abby, necesito información sobre el restaurante Goodfrench, Liam Reynolds y Tyrone Evans. Lo antes posible./ —¿El cinturón, señorita Reynolds? Ella se lo puso mientras yo encendía un cigarrillo. —Siga derecho —indicó. Manejé en silencio, mientras el celular vibraba sin parar. —Es ahí, cerca del edificio en construcción. Estacioné. Al bajar, revisé el celular. Mensajes de Abby. /Finanzas del restaurante: en picada. Liam no tenía vínculos legales con Maya. El restaurante será embargado. No hay herederos legales. Pasó a ser propiedad de nadie./ Llamé enseguida. —¿Cómo que propiedad de nadie? ¿Y su hija? —Ella no es Reynolds. Maya cambió su apellido a Evans hace 4 años. Liam no tenía bienes en común con su esposa. Me quedé sin palabras. —Abby, quiero que hagas lo necesario para comprar esa propiedad. —¿Quiere comprar el Goodfrench? —Sí. Llámame cuando lo consigas. Colgué. —¿Todo bien? —Sí. ¿Sabes dónde estaba su oficina? —La puerta a la derecha. Entramos. La oficina estaba revuelta. Revisé cada rincón hasta encontrar un cajón cerrado. Busqué una llave entre los papeles y logré abrirlo. Dentro había documentos con los nombres de Maya, Tyrone y dos personas más. —¿Encontró algo? —Papeles. ¿Le molesta si me llevo algunos? —No, adelante. Lleve lo que necesite Sr. larson. —¿Podrías darme la carta que te dejó? Prometo devolvértela pronto. Me sonrió. —¿Entonces me vas a ayudar? —Haré lo que esté a mi alcance. Y dime Nathan, por favor —tomé la carta. —Gracias —se sentó frente a mí—. ¿Sabés cómo perdí la memoria? —No… solo sé que un día despertaste en un hospital. ¿Quién estuvo contigo? —Mi “tío”. Siempre estuvo ahí. Abby volvió a escribir: |Necesito que firme unos documentos. ¿Puede venir? —Voy enseguida./ Me levanté con los documentos y un pequeño diario que encontré. —Mi secretaria me necesita. ¿Te llevo a tu casa? —No, gracias. Me quedo acá. ⸻ Ya en la oficina… —Quieren saber si desea mantener el restaurante en funcionamiento. —Sí. Quiero comprarlo y que siga igual. —¿Qué está intentando hacer? —Ayudar a alguien que no me recuerda… y que no merece todo esto. —Está bien. Solo firme aquí.POV Maya Los días se sucedieron lentos, como si el tiempo mismo se resistiera a avanzar. No había vuelto a ver a Nathan desde aquella noche. No quería. No podía. Pero Noah… su nombre seguía martillando en mi mente. No lo buscaba, no la llamaba, pero sus ojos aparecían en mis sueños. Y cuando despertaba, tenía la sensación extraña de que me faltaba algo. Aquella tarde, Lara insistió en pasar por mí para distraerme. Al principio me negué, pero terminé aceptando. No tenía fuerzas para discutir. El cielo estaba gris, cubierto por nubes, y el aire olía a hierba húmeda. En el jardín de la casa, me senté en el columpio del porche, abrazando una manta. Observaba las hojas moverse con el viento, perdida en mis pensamientos, intentando encontrar sentido a mi reflejo, a mí misma. Entonces la escuché. Esa risa. Noah. Corría por el jardín perseguida por Lara, mientras Silvia observaba desde la puerta con una taza de té en las manos. Apenas me vieron, la pequeña se soltó y vino co
POV MayaLas palabras de Nathan aún resonaban en la habitación, flotando como cuchillas invisibles que se clavaban una y otra vez en mi pecho.“Me dijeron que habías muerto… Prefería que me odiaras a perderte otra vez.”El aire se volvió denso, irrespirable. Sentía que las paredes se cerraban lentamente a mi alrededor, como si el mundo entero intentara aplastarme con una verdad que no estaba lista para sostener.—No… —negué con la cabeza, retrocediendo—. No puedo con esto.Pero no era solo eso. No era solo él. Era todo.Las imágenes. Las palabras. Esa vida que me mostraba como si fuera mía… pero que no lograba sentir.Nathan dio un paso hacia mí. Sus ojos estaban rojos, brillantes, como si hubiera pasado demasiado tiempo conteniendo algo que finalmente se estaba desbordando.—Maya, escúchame, por favor. No quise…—¡Basta! —grité.Mi propia voz me sacudió. Sonó quebrada, desesperada… desconocida incluso para mí.—¡Ya no quiero escucharte!El silencio que siguió fue brutal.Mis ojos baj
El silencio en el pasillo parecía eterno. Nathan dio un paso al frente, y Maya retrocedió instintivamente, apretando contra su pecho la carpeta con las fotos impresas. —Déjame entrar, por favor —pidió él, con la voz ronca—. No voy a irme hasta que me escuches. Maya dudó, pero al final giró y abrió la puerta de su apartamento. Caminó hacia la sala sin mirarlo. Nathan entró despacio, cerrando tras de sí. Ella dejó caer la carpeta sobre la mesa. Las fotos se desparramaron: los recortes de periódicos, las imágenes de ellos dos en eventos sociales, el titular de su boda privada. Nathan se quedó mirándolas en silencio, el dolor reflejado en sus ojos. —Así que… todo era verdad —dijo Maya con un hilo de voz—. Tú y yo. La boda. El bebé. Noah… —se llevó las manos al rostro, temblando—. ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? ¿Cómo pudiste mirarme a la cara y no decir nada? Nathan cerró los ojos, como si esas palabras le atravesaran el pecho. —Porque no eras tú, Maya… —susurró—. Al menos
Los días se habían convertido en un borrón gris. Maya llevaba semanas sin salir de su apartamento, con las cortinas cerradas y el celular apagado. No había visto a Noah. No había respondido los mensajes de Mara. Ni siquiera había abierto la puerta cuando Nathan fue a buscarla. Pero esa tarde algo cambió. El silencio se volvió insoportable. Sentada en la cama, con la laptop sobre las piernas, escribió un nombre en el buscador: Nathan Larson. El golpe llegó de inmediato. Fotos, noticias antiguas, artículos sociales. En la primera imagen, Nathan aparecía con ella… aunque no lo recordaba. Estaban en un evento benéfico, su brazo rodeándola con naturalidad, como si ese gesto le perteneciera. La prensa los llamaba “la pareja del momento”. En otra nota más reciente, un titular destacaba: “Boda privada de Nathan Larson: discreción absoluta de la joven pareja”. La foto adjunta era aún más dura: ella, con un vestido sencillo, sonriendo de una manera que ahora parecía imposible. —No





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