El silencio al otro lado de la línea era tan pesado que Isabella podía escuchar su propia respiración agitada. Sabía que había dado en el clavo. Ektor Thomásis, el hombre que siempre se había jactado de su integridad y de ser el pilar de la familia, estaba temblando. Isabella se acomodó en el borde de la cama, sintiendo una punzada de dolor en la zona lumbar; los seis meses de embarazo no perdonaban, y el estrés solo agravaba el peso que su cuerpo debía soportar.
—¿Le dijiste? —insistió Isabell