Isabella llegó al restaurante como había acordado con Leo Peterson una hora antes. El cambio de plan le venía bien, pues así podía tener tiempo de controlar los nervios que la volvían loca. Un millón de preguntas sin respuestas comenzaban a formularse en su cerebro. ¿Acaso consideraba realmente casarse con un completo desconocido?
No podía negar la atracción que sintió de inmediato. No se podía mentir; ese griego debía tener un imán para las mujeres, y ella no fue la excepción. Cayó redonda a s