Andrea se quedó completamente muda. El viento de la pista privada azotaba su cabello, pero ella no lo sentía. Toda su atención estaba fija en la escena frente a sus ojos: Axel descendiendo del auto negro… acompañado de Catalina, avanzando con aquel teléfono pegado a su oreja y con ella aunque no estaba alegre. Estaba al lado de Axel.
Su respiración se detuvo. Todo su cuerpo pareció tensarse a la vez, como si cada uno de sus planes se hubiera estrellado contra una muralla invisible. Axel no venía solo. Catalina estaba allí, y prácticamente llevar a cabo sus planes era complicado.
Andrea no logró pronunciar palabra. Fue Axel quien rompió el silencio con una voz autoritaria, tan fría y firme que sólo acentuó el temblor interno de ella.
—Mi esposa también nos va a acompañar —anunció sin espacio para discusión—. Mientras tú estés en el cepelio, yo aprovecharé para resolver algunos asuntos empresariales. Cuando termines, me das aviso.
Andrea sintió el suelo como si ardiera bajo sus tacones.