Catalina llevaba más de veinte minutos mirando por la enorme ventana del hotel, pero no estaba realmente observando Londres; estaba observándose a sí misma a través de ese reflejo frío y azulado que le devolvía el vidrio. Afuera, la ciudad brillaba con sus luces dispersas, cubiertas por una neblina ligera que parecía envolverlo todo, incluso sus pensamientos. Era de noche, y el viento golpeaba con fuerza la estructura del hotel, produciendo un leve crujido que la mantenía inquieta.
Se abrazó lo