HORAS DESPUÉS
La noche había caído sobre Francia como una cortina pesada y silenciosa, iluminando las calles con faroles dorados y reflejos dispersos en los ventanales de los edificios antiguos. El aire era frío, pero en la discoteca que Andrea había elegido, el calor, la música y las luces neón convertían el ambiente en un vórtice vibrante donde cualquiera podía perderse.
Axel y Andrea atravesaron la larga fila sin dificultad; el guardia los reconoció de inmediato. Axel, como siempre, irradiaba ese magnetismo de poder que abría puertas sin necesidad de pedirlo. Andrea, a su lado, caminaba con la seguridad felina de quien sabía perfectamente qué hacía, qué buscaba y qué esperaba conseguir.
Cuando entraron, la música retumbó en sus oídos como un golpe seco. Andrea sonrió complacida.
—Te dije que necesitabas despejarte —murmuró, elevando la voz para hacerse escuchar en medio del ruido.
Axel no respondió, pero su expresión relajada decía lo suficiente. Tal vez sí, tal vez necesitaba un