La mañana avanzaba con una lentitud insoportable. Axel llevaba horas encerrado en su oficina, revisando informes, corrigiendo balances y supervisando contratos que parecían multiplicarse cada vez que parpadeaba. Después de la discusión con Catalina, el ambiente en su pecho era una mezcla de rabia contenida y un cansancio emocional que se negaba a admitir. No era propio de él perder el control. No era propio de él dejarse afectar. Y, sin embargo, Catalina tenía esa capacidad maldita de alterarlo con una sola palabra.
Intentó enfocarse en el documento frente a él, pero su mente regresaba a su tono desafiante en el comedor, a sus ojos oscuros brillando de determinación, al murmullo insolente de “si quiero ir al bar, lo haré”.
Axel apretó la mandíbula.
—Ridículo —murmuró.
Como si hubiera estado esperando esa señal, la puerta se entreabrió y Margaret asomó la cabeza con esa discreción impecable que la caracterizaba.
—Señor Fort… —vaciló un segundo— Hay una visita para usted.
Axel frun