Subieron al vehículo. Nadie dijo una palabra. Sólo el rugido del motor se mezcló con la respiración de los hombres, cargada de furia y de una urgencia insaciable por justicia… o de venganza.
—¿Dónde vive? —preguntó Dante, sin apartar la vista del parabrisas.
—A solo 10 calles de aquí —respondió Alonzo.
—Entonces vamos —murmuró Dante, cerrando los ojos por un segundo—. Esta noche… no me detendré hasta tener a mi mujer de vuelta.
La ciudad no lo sabía aún, pero algo se había desatado. Y no era só