El sol de media mañana caía con dulzura sobre el campus universitario. Bella, con sus largos rizos oscuros atados en una coleta alta y su mochila colgando de un hombro, se acomodó en el asiento trasero de la camioneta negra blindada.
Sus dos guardaespaldas, vestidos con trajes grises, se sentaron al frente. Uno conducía, el otro vigilaba por la ventana. No era raro para ella, hija de Dante y Aurora, estar siempre bajo resguardo.
—¿Lista para tu primer día, señorita Isabella? —preguntó Mario, e