La brisa suave de la noche se colaba por los ventanales abiertos del comedor. La casa, amplia, segura, casi sagrada después de todo lo que habían vivido, vibraba con una paz extraña, como si al fin, después de días de heridas, explosiones y secretos, se permitiera respirar en calma.
La mesa estaba servida con platos italianos tradicionales: pasta al horno, vino tinto, pan recién hecho y risas. Muchas risas. Dante, de pie con una copa en la mano, estaba relatando con tono burlón cómo Giuseppe c