Dante no necesitó levantar la voz. Un leve ademán con la cabeza bastó para que dos de sus hombres se acercaran, firmes como sombras leales.
—Llévenlo a los calabozos —ordenó sin miramientos, refiriéndose al magistrado que aún temblaba entre sollozos.
—¡Señor! ¡Señor, por favor! —gritó el magistrado, sus palabras atropelladas por el miedo —. ¡Me tenían amenazado! ¡Me juraron que matarían a mi familia si no firmaba esa orden! ¡Yo no quería hacerlo, lo juro!
Alonzo dio un paso hacia él, colocándol