Alonzo, cubierto de polvo y con el auricular de comunicación pegado a la oreja, alzó la vista desde el porche.
Estaba organizando el perímetro, colocando francotiradores y dando instrucciones por radio a los hombres apostados en las torres de vigilancia.
—¡Ya vienen! —respondió sin rodeos—. Cuatro camionetas al norte, dos al este. Vittorio no está jugando.
Dante no respondió. Sus ojos oscuros brillaron con furia y determinación. Ajustó el cargador de su arma y giró hacia la escalera de mármol.