Iré al infierno si es necesario

La mansión de Sicilia vibraba con una tensión invisible, como si el aire se hubiera cargado de electricidad antes de una tormenta.

Las puertas se abrieron de golpe y Dante cruzó el umbral con pasos firmes, casi violentos, seguido de cerca por Alonzo. Su rostro era una máscara de determinación, y sus ojos, dos brasas encendidas que sólo ardían con una idea: proteger lo que amaba, aunque tuviera que bañarse en sangre para lograrlo.

—Vamos a la sala de armas —gruñó Dante, sin mirar atrás.

Alonzo
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