A lo lejos, entre los restos chamuscados de los arbustos del jardín, Alonzo también emergía, cubierto de polvo, con una herida sangrante en la frente y el hombro derecho dislocado. Su chaqueta estaba hecha un caos, pero sus ojos estaban vivos.
—¡Levántense, carajo! —gritó a los pocos hombres que aún respiraban entre los restos del jardín—. ¡No ha terminado!
Uno de los francotiradores logró incorporarse con dificultad. Otro, cojeando, buscó su rifle entre los escombros. Las voces rotas se mezcla