Kaen regresó del campo de batalla cubierto de barro y sangre ajena; la victoria aún le vibraba en el pecho como un tambor.
El aullido de la manada se extendió por el claro como un juramento, y por un instante todo fue celebración: colmillos alzados, cuerpos enlazados, la música primitiva de quienes saben que han defendido lo propio.
Sin embargo, en los ojos de Kaen había algo que no se disipaba con la victoria: la severidad de quien recupera lo que le fue arrebatado.
La alegría de la manada enco