Todos quedaron perplejos.
El silencio que llenó la sala era tan espeso que casi se podía escuchar el palpitar de los corazones.
Los documentos reposaban sobre la mesa del consejo como si fueran brasas encendidas, dispuestos a quemar a quien se atreviera a tocarlos. Nadie se movía, nadie respiraba demasiado fuerte. Era el momento que definiría el futuro de toda la manada.
Los ojos de Dante se clavaron en Isabella con un brillo rabioso, oscuro, como si en ese mismo instante deseara arrancarle la v