Dante fijó sus ojos oscuros en Isabella, y la distancia entre ellos se volvió un abismo cargado de odio. Su voz era un cuchillo disfrazado de susurro, venenosa y cruel.
—Bien —dijo con calma perturbadora—, ¿quieres ser el hazmerreír de la manada, Isabella? Entonces, hazlo. Pero recuerda esto: no vengas a llorar pidiendo piedad cuando estés acabada.
Se inclinó más, tan cerca que ella pudo sentir el roce de su aliento frío contra su oído.
—Ese será tu final, marcado por tu propia soberbia —añadió