Al día siguiente, la mansión despertó con un aire pesado de tensión, como si el mismo mundo contuviera la respiración esperando lo que estaba por suceder.
Isabella y Kaen estaban listos para salir, el sol iluminaba tenuemente las ventanas, y cada sombra parecía moverse con vida propia.
Kaen tomó la mano de Isabella, apretándola con firmeza, transmitiéndole fuerza y determinación.
Ella sintió su calor, un ancla en medio del miedo y la incertidumbre que sabía los aguardaba fuera de la seguridad d