Kaen dio un paso adelante, sus ojos dorados brillaban con una mezcla de miedo, remordimiento y asombro.
Los pequeños seguían dormidos, ajenos al caos que los rodeaba. Extendió una mano temblorosa, queriendo sentir aunque fuera un instante el calor de sus cachorros… pero la anciana Lady July se interpuso de inmediato, con una fuerza inesperada.
—¡No te atrevas! —rugió con una voz cargada de furia—. ¡Tú no mereces que esos pequeños te llamen padre!
Kaen se detuvo, el pecho agitado.
—Por favor —sus