Isabella se plantó frente a Kaen con el pecho encendido por la determinación; sus manos temblaban, pero sus ojos no.
Él la sujetó con fuerza, como si una sola decisión pudiera romper el mundo que había construido alrededor de él.
—Si quieres ver a nuestros hijos y a tu madre —dijo Kaen con voz baja y cortante—, podrás quedarte… pero no salir de aquí.
El corazón de Isabella se desgarró en un suspiro. Entró en la casa como quien cruza un umbral marcado por el peligro; la desesperación le apretaba