—¡No puede ser! ¡No, estás muerta! —gritó Dante con una fuerza que retumbó en toda la sala, como un rugido de desesperación mezclado con furia.
Su voz se quebraba por el desconcierto y la rabia, y todos los presentes se congelaron por un instante, mirándolo con sorpresa y temor. Era imposible creer lo que acababan de presenciar.
Isabella caminó con pasos firmes, aunque a tientas, sujetándose del brazo fuerte de Kaen, quien la guiaba con delicadeza y seguridad.
—Sorpresa, tío —dijo ella con una v