—¡No miento! —exclamó uno de los hombres con voz firme, llena de autoridad y pesar—. Esto no es por curiosidad ni por chismes. Es por respeto… por respeto a los cadáveres que descansan aquí, aunque estén en tal estado, terribles a la vista, desgarradores para cualquiera. Recordemos a mi sobrina, la hija del difunto Alfa, y honremos su memoria con decoro, porque fue digna hasta el último aliento.
El silencio se extendió entre los hombres, pesado, tenso. Cada uno contenía sus emociones, sus murmul