Isabella se sentó en medio del círculo de ancianas, fingiendo calma.
Sus ojos, como siempre, se mantenían bajos, sin enfocar nada. Nadie debía sospechar que en realidad podía ver.
Cerró los párpados con suavidad, respirando hondo. La ceremonia exigía que entrara en trance, que dejara que su loba interior respondiera.
El silencio era espeso, cargado de humo de hierbas y susurros rituales.
Isabella trataba de relajarse, de dejarse llevar, cuando algo extraño comenzó a recorrer su cuerpo.
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