Mundo ficciónIniciar sesiónAtrapada en un matrimonio sin amor con un Alfa despiadado, la vida de Livia no es más que silencio, cicatrices y esperanzas rotas. Para su esposo, ella es solo un adorno: útil para la reputación, desechable en privado. Cuando la traición llega de quien más confiaba, Livia se ve empujada al borde de la desesperación. Entonces conoce a Aldus, el temido Rey Lycan de la Manada Blood Moon. Frío, poderoso y cargado de un pasado empapado en sangre, Aldus ha jurado no volver a amar. Sin embargo, en la mirada rota de Livia encuentra algo que creía perdido para siempre: un hogar. Mientras la guerra se avecina entre manadas y secretos salen de las sombras, Livia debe elegir entre la vida que lentamente la está matando y el amor que podría salvarla. En un mundo gobernado por garras y coronas, ¿podrán una Luna herida y un Rey Lycan maldito desafiar al destino y encontrar sanación en el abrazo del otro?
Leer másLas puertas se cerraron tras ellos con un estruendo fuerte y profundo, dejando fuera los aullidos de los lobos sin manada. Los guerreros que hacían guardia salieron corriendo a recibirlos, pero se quedaron parados y en silencio en cuanto vieron el estado en el que estaban su Beta y su Gamma.Juls caminaba tambaleándose, las rodillas a punto de doblarse, mientras la sangre salía sin parar de la herida grande que tenía en el costado. Intentaba mantenerse de pie, pero todo a su alrededor empezaba a dar vueltas. Roderick lo sujetó con el brazo que todavía podía usar, aunque su propia pierna temblaba y apenas le aguantaba el peso del cuerpo.—Te estás desangrando —dijo Roderick con voz ronca y difícil, después de haber gritado y luchado durante horas.Juls esbozó una media sonrisa, triste y pesada, mientras la sangre le bajaba por la barbilla.—Pues tú tienes mucho peor aspecto que yo.A pesar de que intentaba bromear para aliviar la tensión, verlos así hizo que a todos los guerreros se le
El aire apestaba a sangre y tierra húmeda, mientras el Beta Juls y el Gamma Roderick se abrían paso a la fuerza entre la multitud de lobos sin manada. Sus formas lobunas se movían como sombras rápidas, pura musculatura y furia contenida.Garras que rasgaban, colmillos que chasqueaban, y la noche entera llena de gruñidos y gritos de quienes caían muertos. Y aun así, los enemigos seguían llegando, uno tras otro, sin fin, salvajes y obedientes, como si una mano invisible los hubiera convocado allí para detenerlos.En medio del caos, Florita se mantenía firme. A su alrededor brillaba una barrera de luz temblorosa, que parpadeaba cada vez que un lobo chocaba contra ella con fuerza. El sudor le corría por la cara, y sus labios no dejaban de repetir palabras en una lengua antigua y olvidada. De las puntas de sus dedos salía una luz plateada, pero era débil… demasiado débil para aguantar mucho tiempo.—No nos queda mucho tiempo —dijo con voz entrecortada por el esfuerzo—. Si pierdo la concent
El aire estaba cargado de un olor metálico, denso y difícil de respirar. Las botas de Aldus golpeaban con fuerza contra el suelo de mármol mientras llevaba a Livia hacia la enfermería, con la mandíbula tan tensa que parecía de piedra y sus ojos dorados ardiendo de ira y preocupación.Guerreros y ayudantes se apartaban rápidos para dejarle paso, bajando la cabeza por respeto y por el miedo que inspiraba ver a su Rey en ese estado.Las puertas de la enfermería se abrieron de golpe.—¡Preparadlo todo! —gritó con voz atronadora—. ¡Ahora mismo!El médico de la manada y su equipo de sanadores se acercaron corriendo; ya tenían las manos brillando con hilos de luz plateada. Le indicaron dónde ponerla, y Aldus la depositó sobre la camilla principal con un cuidado absoluto, algo que contrastaba mucho con la furia que se leía en su rostro. El cuerpo de Livia se estremecía con espasmos, seguía perdiendo sangre por la boca, tenía la piel fría como el hielo pero a la vez quemaba por la fiebre.—Man
Livia intentó enderezarse, aunque su cuerpo temblaba con tanta fuerza como si el peso de todo el mundo estuviera aplastándole los hombros. Quería mantenerse erguida, aunque solo fuera para demostrarles que no se doblegaría ante las mentiras, pero las fuerzas la estaban abandonando por momentos.Otra sacudida de tos le atravesó el pecho, y nueva sangre resbaló por sus labios, manchando una vez más el suelo de mármol que tenía debajo.En todo el gran salón se oyeron exclamaciones de sorpresa al ver el sufrimiento de Livia, castigada por algo que nadie más podía ver.—¡Luna! —gritó la señora Julie, acercándose para ayudarla, pero Livia levantó una mano débil para detenerla.—Yo… todavía puedo… —Sus palabras se cortaron cuando una nueva oleada de dolor le retorció el pecho, obligándola a caer de rodillas. Se agarró el corazón con fuerza, como si creyera que se le iba a hacer pedazos entre las manos.Los cinco Ancianos se inclinaron hacia delante y empezaron a hablar en voz baja entre ello





Último capítulo