El cielo estaba teñido de rojo, como si la tierra misma hubiese abierto una herida que no dejaba de sangrar. Eira corriĂł, el corazĂłn palpitándole en los oĂdos, con la certeza de que algo estaba a punto de quebrarse de forma irremediable. A su lado, Aidan mantenĂa la mirada fija en el horizonte, sus ojos dorados encendidos por la mezcla de rabia y determinaciĂłn. La llamada de auxilio habĂa sido clara. Uno de los clanes aliados, aquellos que habĂan jurado protecciĂłn mutua en tiempos de oscuridad,