El cielo estaba teñido de rojo, como si la tierra misma hubiese abierto una herida que no dejaba de sangrar. Eira corriĂł, el corazĂłn palpitándole en los oĂdos, con la certeza de que algo estaba a punto de quebrarse de forma irremediable. A su lado, Aidan mantenĂa la mirada fija en el horizonte, sus ojos dorados encendidos por la mezcla de rabia y determinaciĂłn. La llamada de auxilio habĂa sido clara. Uno de los clanes aliados, aquellos que habĂan jurado protecciĂłn mutua en tiempos de oscuridad, habĂa sido atacado.
Cuando llegaron al claro, el olor a ceniza y carne quemada los envolviĂł como una nube sofocante. Cuerpos de lobos, algunos en forma humana, yacĂan entre los restos calcinados de lo que alguna vez fue un santuario. Eira se detuvo, los ojos empañados por la furia y el dolor. ReconocĂa los sĂmbolos grabados en las piedras destruidas: eran los mismos que llevaban en sus collares los hijos de la manada rota que ella habĂa ayudado a reconstruir.
—Esto fue un mensaje —dijo Aidan co