El bosque estaba inmóvil. El aire, denso y cargado de humedad, parecía contener la respiración ante lo que se avecinaba. Las ramas no crujían, las hojas no murmuraban, y ni siquiera los pájaros nocturnos se atrevían a cantar. Eira caminaba en silencio, con los dedos rozando la corteza de los árboles como si buscara anclarse a algo tangible, algo real.
La reunión con el consejo la había dejado con un vacío que no lograba explicar. Aidan la había defendido, sí, y ella lo había sentido a su lado,