La noche habĂa caĂdo como una cortina pesada, envolviendo la aldea en un silencio expectante. La luna, menguante pero aĂşn poderosa, colgaba en el cielo como una promesa de que algo estaba por revelarse. Eira no podĂa dormir. Desde la visita al corazĂłn espiritual de la maldiciĂłn, algo dentro de ella se habĂa despertado. No era solo una comprensiĂłn… era fuego.
Caminaba descalza por la tierra hĂşmeda, dejando que sus sentidos se mezclaran con la oscuridad y con los latidos del bosque. En sus oĂdos