El silencio que dejĂł la desapariciĂłn de Aelar pesaba como una losa. El rugido del bosque, los pasos de la manada y hasta los suspiros del viento parecĂan haberse detenido. Eira estaba en pie, inmĂłvil, con las manos manchadas de sangre âno suyaâ y el alma desgarrada. El cuerpo de Aelar se habĂa desvanecido entre sombras, llevĂĄndose consigo una parte de ella que jamĂĄs pensĂł que aĂșn le pertenecĂa.
âÂżPor quĂ© no lo detuviste? âle reprochĂł Aidan, con la voz rota, aunque no sabĂa si le hablaba a ellaâŠ