El silencio que siguiĂł al grito desgarrador de Elaria pareciĂł detener el tiempo. Las hojas dejaron de crujir, el viento se congelĂł entre los árboles, y hasta los aullidos en la lejanĂa parecieron acallarse ante el poder desatado. Su piel resplandecĂa con un matiz plateado, y sus ojos dorados ardĂan como brasas encendidas por el dolor.
A sus pies, el traidor temblaba, gimiendo sin poder moverse. No por miedo, sino por la presiĂłn de una fuerza ancestral que Elaria habĂa invocado sin ser del todo