El aire estaba espeso con los ecos de lo no dicho. Eira caminaba entre los ĂĄrboles con el corazĂłn latiendo como un tambor de guerra, el silencio roto Ășnicamente por el crujir de las hojas secas bajo sus pies y los susurros del bosque que parecĂa observarla con atenciĂłn.
Las palabras de Aidan aĂșn ardĂan en su pecho, como brasas vivas. Ăl habĂa abierto una puerta en ella que llevaba demasiado tiempo cerrada: no con llaves, sino con cicatrices. Y ahora, mientras caminaba hacia el borde del bosque