La noche cayĂł densa, envuelta en una bruma helada que no pertenecĂa a esta estaciĂłn. HabĂa un silencio que no era natural, como si el bosque contuviera el aliento. Kael se habĂa puesto en guardia desde el atardecer. No dijo nada, pero yo tambiĂ©n lo sentĂ. Una presiĂłn en el pecho, un presentimiento que no sabĂa de dĂłnde venĂa⊠o quizĂĄs sĂ.
El bebé, como si compartiera esa misma sensación, no quiso dormir. Sus grandes ojos brillaban como dos luceros llenos de conciencia, y apretaba su manita cont