El viento que subía por el barranco azotó la figura de Valerius en el balcón, pero el frío del exterior no era nada comparado con el que recorría su sistema mientras sostenía el papel arrugado entre sus dedos. La caligrafía, esa letra pequeña y elegante que él mismo había visto en las notas de la biblioteca, lo señalaba como el objetivo de una entrega, un objeto de cambio en una guerra que él creía estar ganando. Miró hacia abajo, donde Sia se mantenía de pie sobre la hierba, pequeña y aparente