Sia quedó tendida de costado sobre las losas de granito, sintiendo por primera vez en su vida el peso real de la gravedad sobre sus huesos sin ningún tipo de protección especial. La energía que antes la envolvía como un escudo invisible había desaparecido por completo al entregársela a Valerius. El frío de las losas de piedra le atravesó la tela rota del vestido de inmediato, sacudiéndole el cuerpo con un temblor duro. Su piel se veía pálida, frágil y común, desprovista del resplandor blanco qu