Mundo ficciónIniciar sesiónDurante seis años, Naya Cross sobrevivió en Blackthorn University fingiendo ser una Omega débil, obediente e invisible. Bajó la mirada, soportó humillaciones públicas y aprendió a sonreír mientras memorizaba las debilidades de todos los que la pisaban. Nadie debía descubrir la verdad: Naya no es una Omega común. Es algo mucho más antiguo, peligroso y codiciado. Caden Blackthorn, el joven Alfa de la manada, comete el error que todos notan: la mira cuando no debería. Su prometida, Sierra Vane, entiende al instante que esa mirada puede destruirlo todo. Cuando Naya es asignada al despacho del Alfa, la tensión entre ambos deja de ser un secreto cómodo y se convierte en amenaza. Caden sabe más de lo que dice. Vio el poder que Naya liberó en el callejón, sabe que el Consejo de Rangos la busca y admite que su cercanía nunca fue casualidad. Entre deseo prohibido, celos, secretos de sangre y una protección que se parece demasiado al control, Naya deberá decidir si el Alfa que representa su jaula puede ser también el único capaz de ayudarla a romperla.
Leer másEl tercer balde de agua sucia me cayó encima antes de las seis de la mañana, y nadie en el laboratorio tuvo la decencia de fingir que había sido un accidente.
Renn Holt sostuvo el asa vacía con una sonrisa demasiado tranquila para alguien que acababa de arruinar el uniforme de una Omega frente a media fila de estudiantes de servicio. Era Beta de segundo año, heredero de un apellido que pronunciaba como si fuera una corona, y tenía esas manos largas y ociosas de quien nunca había necesitado hacer nada con ellas más que señalar, apartar o empujar.
El agua helada me bajó por la nuca, se metió bajo la tela gris y terminó en mis rodillas, mezclada con cloro, polvo de laboratorio y la vergüenza barata que en Blackthorn University se repartía cada mañana como si también formara parte del desayuno. Alguien rió. Alguien más murmuró que por fin el pasillo olía a Omega mojada.
Conté hasta tres. Respiré. Volví a fregar.
Los tres Betas se quedaron esperando una reacción. Esa era la parte más ruin de la crueldad ordinaria: no bastaba con ensuciarte, necesitaban verte entender que podían hacerlo frente a otros. Sentí la rabia subir limpia, afilada, una cosa brillante detrás de las costillas. Por un segundo imaginé el balde volviendo a las manos de Renn con la fuerza suficiente para borrarle la sonrisa. Luego apreté los dedos contra el trapo hasta que las uñas me dolieron y seguí limpiando.
No porque no tuviera elección, aunque eso era lo que todos necesitaban creer. No porque el suelo me quemara las rodillas ni porque el frío de la ducha comunal me siguiera metido en los huesos desde las cuatro de la madrugada. Lo hice porque sobrevivir también era estrategia, y la mía requería que Blackthorn University continuara viendo exactamente lo que yo quería mostrar: una Omega de clase baja, sin familia notable, sin poder, sin historia que mereciera el esfuerzo de mirar dos veces.
Renn dejó caer el balde contra las baldosas. El golpe seco reverberó en el laboratorio.
—Limpia eso también —dijo—. Y el pasillo del fondo. Hay algo que no huele bien ahí.
No lo miré a los ojos. Primera regla: los Omegas no miraban a los Betas a los ojos a menos que quisieran que el incidente escalara de agua sucia a algo que dejara marcas.
—Sí —respondí.
Una sílaba. Segunda regla.
Llevaba seis años perfeccionando ese tono: el de alguien que aceptó su lugar en el mundo, sin rabia, sin ironía, sin el ardor plateado que me subía detrás de los ojos cada vez que alguien me hablaba como si yo fuera parte del mobiliario.
Renn se marchó con sus dos acompañantes. Los observé desde el suelo mientras fingía que el trapo absorbía toda mi atención. Memoricé la presión desigual en su pie derecho, una lesión vieja de tobillo que no había curado bien; el segundo de retraso con que el más alto reía sus bromas, calculando si era seguro; y el nombre que el tercero murmuró cuando creyó que ya estaban lejos.
Todo el mundo tenía debilidades. Los Betas simplemente no habían aprendido que una Omega silenciosa era el mejor lugar para recopilarlas.
* * *
Eran las siete menos cuarto cuando terminé los laboratorios. Me quedaban cuarenta y cinco minutos antes de la ceremonia de asignaciones en el patio central, y los usé para tomar el pasillo trasero del edificio norte: la ruta más larga, la que evitaba los puntos donde los Betas se acumulaban antes del desayuno.
A las ocho, Caden Blackthorn repartiría destinos. Yo esperaba seguir invisible.
El aire de octubre me golpeó al salir. Respiré una vez, profundo, hasta llenar los pulmones de algo que no fuera cloro.
Entonces uno de los frascos de reactivo del laboratorio estalló detrás de mí.
No fue una explosión real. No hubo fuego ni cristales volando. Solo un chasquido interior, un golpe seco contra la encimera y el silencio abrupto de quienes habían visto moverse algo que nadie había tocado.
Cerré la puerta y seguí caminando.
No había sido yo. O sí había sido yo, pero yo no había querido que fuera yo. La diferencia era importante, aunque el poder que llevaba seis años enterrando en el fondo del pecho empezaba a tener dificultades para distinguir entre lo que yo quería y lo que yo sentía.
Renn debería agradecer que yo también tenía reglas propias.
* * *
La ceremonia de asignaciones de servicio se celebró en el patio central a las ocho. Todos los rangos presentes, ordenados como siempre: Alfas y Betas en la primera línea, Gammas y Deltas detrás, Epsilons y Zetas al margen, y los Omegas contra la pared de piedra del fondo, cerca de los terrenos de entrenamiento.
Yo ocupé mi punto habitual: el ángulo muerto entre la tercera y la cuarta columna, desde donde podía ver a todo el mundo sin que nadie me viera con facilidad. El mejor observatorio del campus, y nadie lo quería porque era el sitio de los Omegas.
Knox Mercer leyó nombres desde el podio con una eficiencia seca. Gammas al terreno norte. Betas de primer año a los laboratorios supervisados. Tres Omegas a la cocina. Dos a la lavandería. Uno al archivo menor.
Petra, a mi izquierda, me apretó el brazo sin mirarme.
Escuché mi nombre cuando Knox ya llevaba casi toda la lista.
—Naya Cross. Asistente de despacho del Alfa.
Nadie giró la cabeza hacia mí. Habría sido demasiado obvio. Pero sentí el silencio recorrer la fila de Omegas como una corriente eléctrica, y vi, en la primera línea, cómo Sierra Vane ladeaba la cabeza exactamente un centímetro hacia la derecha.
Era suficiente para saber que había oído.
El despacho del Alfa. Doce metros de distancia de los archivos de manada. Acceso al calendario, a las reuniones que el Consejo prefería no anunciar, a los documentos que Caden Blackthorn firmaba en privado. Riesgo en todas las direcciones. Y la única vía que yo conocía para entender qué le habían hecho a mi madre.
Conté hasta veinte. Sonreí.
Era mi tercera regla: cuando el objetivo era grande, sonreír antes de que pudieran verte no sonreír.
* * *
El aullido de convocatoria atravesó el campus antes de que Knox terminara la lista.
No era alerta. Era el aullido del Alfa al iniciar la jornada: grave, largo, nacido en el pecho y extendido hacia algún punto del bosque que yo nunca había logrado medir. Todos inclinaron la cabeza por reflejo. Todos.
Yo también lo hice.
Pero mientras mi cabeza bajaba, algo ocurrió que no pedí: mi loba, la parte de mí que llevaba seis años fingiendo estar dormida, levantó el hocico dentro de mi pecho. No respondió al aullido. No lo haría aquí. Pero lo escuchó con una atención que no tenía nada que ver con el miedo y todo que ver con el reconocimiento, y ese reconocimiento fue lo más peligroso que me había ocurrido en toda la mañana, incluido el balde.
Lo enterré. Le ordené volver al fondo.
La loba obedeció.
Pero tardó más de lo habitual.
* * *
Caden Blackthorn apareció en el patio cuando la ceremonia ya terminaba, caminando desde el ala norte con Knox a distancia discreta y la mirada de quien revisa el territorio antes de hablar. Nadie lo anunció. Nadie necesitaba hacerlo. El patio ajustó su temperatura antes de que él cruzara el arco de entrada.
Era más joven de lo que la autoridad en su postura hacía suponer, y cargaba el peso de su apellido de una forma distinta a quienes lo heredan sin preguntarlo: con los hombros apenas inclinados hacia adelante, como si estuviera aprendiendo a distribuir mejor una carga que nadie podía ver.
Su mirada recorrió el patio. Había cansancio en la línea de su boca, una sombra breve bajo los ojos, pero ninguna grieta en la autoridad. No parecía un heredero cómodo: parecía un hombre sosteniendo una jaula desde dentro.
Llegó a la última fila.
Y se detuvo.
No fue una mirada larga. Fue la clase de mirada que dura un segundo de más y por eso vale diez. Sus ojos encontraron los míos antes de que pudiera decidir si bajarlos primero, y durante ese segundo el vínculo que yo llevaba años suprimiendo pulsó contra el pecho como si hubiera encontrado algo al otro lado que reconocía. Un golpe cálido, inconveniente e imposible de clasificar como cualquier cosa que no fuera peligro.
Bajé los ojos.
Cuando los levanté, él ya miraba a otro punto, con la mandíbula apenas tensa, como si apartar la vista le hubiera costado más de lo permitido. Pero Sierra Vane, que estaba a su lado con la postura de quien lleva meses practicando cómo pararse junto a un Alfa, me miraba a mí con una sonrisa que no era para el patio sino para que yo la viera.
Ya te vi, decía esa sonrisa. Y yo también vi lo que él miró.
Conté hasta veinte otra vez.
Y empecé a trazar el mapa del despacho en el que entraría mañana.
Lo encontré en la entrada de la sala de servicio antes de que yo llegara a ella.No estaba dentro. Estaba en el umbral, con la chaqueta del banquete todavía puesta y esa forma de ocupar una puerta que tenía cuando no estaba decidiendo si entrar sino esperando saber si era bienvenido. Había demasiada luz en el pasillo y muy poca en la sala de servicio, de modo que su silueta quedaba partida entre el Alfa que todos acababan de ver en el banquete y el hombre que había abandonado la mesa principal para pararse frente a una puerta donde olía a vino derramado y jabón barato.Lo miré.—Llegas tarde —dije.—Lo sé.No intentó suavizarlo. No dijo que no podía hacer otra cosa. No explicó el protocolo antes de reconocer el daño. Solo aceptó la frase y se apartó del umbral para que yo pudiera entrar.—¿Puedo? —preguntó.La sala no era mía. Era del servicio, del protocolo, de cualquiera con rango suficiente para entrar sin pedir permiso. Pero Caden no estaba preguntando por la sala.Estaba pregunta
El banquete de Alfas era la clase de evento que Blackthorn University organizaba para recordarle a todo el campus quiénes tenían nombre y quiénes tenían función.La Sala de Recepción principal estaba preparada desde la tarde: molduras antiguas, candelas altas, mesas con mantelería que costaba más que mi asignación mensual, copas de cristal que nadie del grupo de servicio tocaba con las manos sin guantes. La jerarquía del campus expresada en arquitectura de sala: Alfas en el centro, Betas en las mesas laterales, Gammas de pie en los bordes disponibles para responder, y el personal de servicio moviéndose entre los espacios con la invisibilidad específica de quienes el protocolo ha convertido en mobiliario.Yo había llegado a las seis con la asignación de registro y asistencia de servicio, que era el término que la notificación usaba para lo que en la práctica era servir copas, retirar platos, estar donde el sistema necesitara que hubiera un cuerpo de rango Omega disponible.No era casua
La convocatoria llegó en papel, no en el sistema, que era la primera señal de que no era administrativa.Los documentos administrativos de Blackthorn University llegaban digitales, con número de referencia y campo de confirmación. Los documentos que no querían dejar huella digital llegaban en papel, doblados, con el sello en cera del Consejo de Rangos en la esquina inferior. Lo había aprendido durante el primer mes, cuando aún creía que la diferencia entre una regla y una amenaza podía encontrarse en el lenguaje que usaban para escribirla.Evaluación de bienestar semestral. Todos los estudiantes Omega. Sala de conferencias este. Miércoles, diez de la mañana. Asistencia obligatoria.Bienestar.Leí la palabra dos veces y la guardé en el bolsillo del uniforme junto a la fotografía de Elena y el símbolo del almacén B, que era el bolsillo que usaba para las cosas que necesitaban estar cerca sin ser visibles. La foto de mi madre pesaba menos que un papel doblado, pero desde que la había enc
Necesitaba aire que no tuviera historia.El archivo olía a Elena, a papel viejo y a la cinta en el cuello de una fotografía que conectaba a mi madre con una red de escape más antigua de lo que Petra y yo habíamos calculado. El despacho olía al vínculo de la mañana, a la respiración de Caden demasiado cerca y a la decisión de no besar que había costado más de lo que quería que costara.Necesitaba el bosque, o al menos el borde de él, donde el aire era octubre y pino y no tenía nada que pedirme.Ezra estaba en el límite del bosque cuando llegué, que era una coincidencia geográfica que Blackthorn University producía con cierta regularidad dado que el bosque tenía dos rutas de acceso y ambas convergían en el mismo punto.—¿Corres? —dije.—Caminaba. —Me miró—. ¿Tú?—Necesitaba aire.—Eso es diferente.—Puedo caminar.Caminamos durante diez minutos en el silencio cómodo que era una de las pocas cosas que Ezra producía de forma natural. No llenaba el espacio con conversación cuando la conver
Último capítulo