El auto negro de Leone se detuvo frente a la mansión Jackson con un chirrido bajo, casi elegante. Era temprano, pero el aire ya olía a tabaco y peligro. La luz de la mañana todavía era tenue, se filtraba entre nubes espesas que parecían presagiar una fuerte tormenta. Leone bajó del vehículo con pasos rápidos, tenía el rostro inexpresivo, y sin anunciarse entró en la casa como si fuera parte de una rutina diaria.
Eiríkr lo esperaba en la cocina, de pie, apoyado contra la barra de mármol. Sus esb