Dos semanas habían pasado desde la boda, Everly se había enfermado al día siguiente de gripe por lo que Rosa se propuso para ir a ayudarle con la pequeña y así la joven pudiera descansar.
Ella llegaba antes de que Eirikr se fuese a trabajar y se marchaba una vez que el llegara, de manera que Everly y Deneb jamás se quedaban solas. A la joven madre le gustaba su compañía, Rosa era un mujer parlanchina, vivaz, y con mucha energía.
El día amaneció luminoso, casi insultante en su claridad. Everly había bajado a la cocina, tenia nauseas matutinas y aunque el día fuera glorioso, para ella era un fastidio.
El sol entraba sin pedir permiso por los ventanales de la casa Jackson, dibujando líneas doradas sobre el piso pulido, haciendo brillar los muebles de madera oscura, suavizando —solo en apariencia— los rincones cargados de amor y secretos.
Everly estaba sentada en la isla de la cocina, con una taza de té entre las manos. No había tocado el desayuno. Los huevos se enfriaban en el plato, int