El salón de gala se cubría de lujo: candelabros de cristal, alfombras que amortiguaban cada paso que daban los presentes y un murmullo constante de conversaciones cargadas de intriga entre la alta élite. Entre copa y copa, los grandes nombres de Denver y del país intercambiaban promesas vacías, alianzas disfrazadas y sonrisas que no llegaban jamás a los ojos, pues tan fingidas eran como sus promesas.
Patrick Jackson, con su porte imponente, se desplazaba entre los grupos con la calma de quien