El sótano de la mansión estaba sumido en penumbras, iluminado solo por una bombilla desnuda que parpadeaba como si se resistiera a morir. El olor a humedad se mezclaba con el hedor metálico de la sangre seca.
Otto estaba encadenado a una silla de hierro. La piel de sus muñecas estaba desgarrada y sus ojos tan rojos como desorbitados que delataban el miedo que intentaba ocultar bajo una máscara rota de soberbia.
Eiríkr Jackson, con la camisa arremangada y los tatuajes vibrando sobre su piel tens