Alejandro sentía el peso del duelo de Valentina sobre su espalda. Sentía el reproche en cada silencio de ella. Y aunque a veces deseaba marcharse a buscar a Isabel con sus propias manos, apenas pensarlo lo hacía sentir peor. Dejar sola a Valentina sería confirmarle lo que ella creía: que su dolor le era indiferente.
Y no podía cargar con un pecado más.
Por eso se quedaba.
Por culpa.
Por remordimiento.
Por lástima quizá.
Una tarde cualquiera, cuando la casa estaba tranquila y el sol se filtraba