Valentina subió al coche con esa precariedad que tienen los cuerpos que acaban de salir de un hospital: pasos cortos, la respiración medida, el rostro contraído. Alejandro la ayudó a sentarse con manos que temblaban, no por miedo, sino por el peso de las palabras que quedaban sin pronunciar.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja, como quien teme despertar a un animal dormido.
—¿Crees que estoy bien? —respondió ella, con un filo apenas contenido. La ironía no ocultaba la rabia—. ¿Crees que pued