El sol apenas entraba por la ventana esa mañana, como si el día estuviera a medio nacer. Isabel se encontraba sentada en el sillón de la sala, con Luna dormida en su pecho. La bebé respiraba suavemente, sus pequeñas manos de dedos finos y delicados rozando la piel de su madre, como si estuviera abrazándola aún en sueños. Isabel miró el rostro de la niña, tan perfecto, tan frágil, y una oleada de amor la envolvió como una manta cálida.
Esa quietud era lo único que realmente importaba en ese mome