El miércoles, el niño no paró de llorar, aunque Cristal hacía lo posible por hacerlo callar, ella se ponía nerviosa, tenía miedo que el patrón lo echara a la calle.
Era un llanto desesperado, lloró desde las cinco de la mañana, Cristal lo levantó, lo cambió, le dio el biberón, se calmó, pero lloró de nuevo a las siete, a las ocho, a las nueve, a las diez.
Lloró mientras Cristal lo meció en la mecedora, lloró mientras le cantaba canciones, le acarició con suavidad la cabeza, rogándole que se ca