Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Franco le dijo que iban a Búzios, Cristal se ilusionó al imaginar que lo tendría solo para ella.
Cada vez que cerraba los ojos, pensaba que era una señal, pensaba que algo iba a pasar entre los dos en esa playa, solos, sin nadie.
Pero las cosas no siempre son como uno quiere, y justo cuando subían al auto que los llevaría a Búzios, Lorena apareció, lucía despampanante, llevaba un vestido que le dejaba la espalda al aire.
A Cristal se le llenaron los ojos de lágrimas, pero logró contenerlas, qué tonta era, se había hecho castillos en el aire que se le derrumbaron como torre de naipes, los tres subieron al auto, Cristal fingió dormir durante todo el viaje.
La casa en Búzios era enorme, pintada de color blanco, a la orilla de la playa, tenía una piscina grande y un jardín enorme, solo había unos cuantos guardaespaldas.
Poco después de llegar, Franco subió y bajó cambiado, se puso un short negro, sin playera, salió y se sentó en una tumbona al lado de la piscina, bebiendo una cerveza y mirando el mar.
Cristal llevó una bandeja de caipiriñas que ella misma había preparado, se quedó parada detrás de él, observando.
Lorena se sacó el vestido y se quedó en un diminuto bikini rojo, se untó aceite y se tendió al lado de Franco.
—Franki, ponme protector, no me llega el brazo.
—No me jodas, Lorena, pideselo a la muchacha.
Lorena le sonrió a Cristal, pero fue una sonrisa fría.
—Ven acá, mucama.
Cristal se acercó, dejó la bandeja a un lado y se arrodilló al lado de Lorena.
Lorena se dio vuelta, con la espalda para arriba, con el bikini apenas cubriéndole nada.
—Untame.
Cristal abrió el tubo de protector solar, se lo puso en las manos y empezó a untarle la espalda a Lorena, despacio, con miedo de tocarla mal o de hacer algo mal.
Y mientras lo hacía, miraba de reojo a Franco, él estaba tan cerca, en la otra reposera, con los ojos cerrados y la cerveza en la mano, observó su pecho subiendo y bajando, sus hombros, y la forma en que el sol le brillaba en la piel.
—Más abajo —dijo Lorena.
Cristal bajó las manos, untó la espalda de Lorena, la cintura, las caderas.
—Ahora las piernas.
Cristal le untó las piernas, lo hizo despacio, con cuidado, su corazón latía tan fuerte que sentía que todos podían escucharlo, la piel le ardía por estar tan cerca de Franco sin poder tocarlo.
Lorena se quedó en silencio un rato, después se incorporó y se acomodó el pelo, miró a Cristal, luego miró a Franco.
—Gracias, mucama, ya puedes irte.
Cristal dejó las caipiriñas, tomó la bandeja y se fue, se metió en la cocina y se quedó ahí, con las manos temblando, sintiendo deseo de haberlo tocado.
Esa tarde, Franco se metió al mar, sin Lorena, el agua le cubría hasta la cintura, mirando el horizonte, de espaldas a la casa.
Cristal lo vio desde la ventana de la cocina, estaba solo en el agua, sintió ese calor, el impulso de meterse al agua y de tocarle la espalda con tal de que la mirara.
Tragó saliva, se dio vuelta y empezó a cortar limones para la cena.
Franco volteó y la miró parada en la ventana.
Lorena se dio cuenta, sonrió de manera fría, esa noche no lo dejaría dormir, le iba a recordar quién era la mujer de esa casa, quién mandaba, quién tenía su cuerpo para ella.
Esa noche, en la pieza de al lado, cuando Cristal se acostó escuchó la voz de Lorena, la voz de Franco, el rechinido de la cama, y otra vez su mano bajó, solita.
Esta vez no rezó, no se resistió, dejó que pasara, mordió la almohada para no gemir, sin comprender bien qué es lo que estaba sintiendo, aquella sensación que la elevaba hasta las estrellas, después lloró, se odió mucho.
Y al otro día, cuando bajó a la cocina, con las mejillas ardiendo, Lorena la miró, sonrió, y le dijo al pasar, mientras Franco estaba de espaldas:
—¿Dormiste bien, sirvienta? Yo, sí.
Franco pasó por detrás de Cristal en la cocina, sin decir nada, tratando de no mirarla, se apresuró a subir a su habitación.
Ella sintió su olor, se quedó quieta con el cuchillo en la mano, y el corazón desbocado, sin atreverse a respirar.
Más tarde la asistenta de la casa de Búzios entró a la cocina mientras Lorena tomaba el sol afuera y le dijo:
—El señor Franco la necesita en la habitación, dice que va a bañarse y que usted le arregle la ropa.
Cristal dejó el cuchillo en la mesa, se limpió las manos en el delantal, tragó saliva.
—¿A qué habitación?
—La principal, arriba.
Cristal subió las escaleras, golpeó la puerta.
—Adelante —dijo la voz de Franco, desde adentro.
Cristal abrió la puerta.
Franco estaba parado en el medio de la habitación, con una toalla en la cintura, con el torso desnudo, la luz que entraba por la ventana le iluminaba el cuerpo entero.
La miró directo a los ojos con esos ojos verdes que la hacían temblar.
—Cierra la puerta —dijo.
Cristal cerró la puerta, luego se quedó allí parada con el corazón desbocado, sin poder moverse.
Franco caminó hacia ella, despacio, con los ojos fijos en los de ella, cubierto apenas con aquella toalla.
Se paró a centímetros de ella, era lo más cerca que había estado jamás. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—¿Sabes por qué te traje a Búzios? —preguntó.
Cristal no pudo hablar, negó con la cabeza.
Franco le puso un dedo debajo del mentón, le levantó la cara, y la miró.
—Porque no puedo dejar de pensar en ti ni de noche, ni de día.
La besó, fue un beso feroz, sin aviso.
Y Cristal se deshizo, se le fueron las piernas, se agarró de su brazo para no caer. Y Franco la sostuvo, con la mano en la cintura y la otra en la nuca, sin soltarla, sin darle tiempo a reaccionar.
Después la miró.
—¿Quieres esto? —preguntó, con la voz ronca.
Cristal asintió, no podía hablar, no podía respirar.
Y Franco la llevó a la cama.







