Mundo ficciónIniciar sesiónLas primeras semanas en la mansión fueron un infierno, Cristal se levantaba a las cinco de la mañana, le ordenaban fregar los pisos de mármol, lustrar la plata, doblar la ropa, servir la mesa. Si una servilleta quedaba torcida, Kauê, el capataz, le tiraba del pelo, si hablaba sin permiso, le daban un día sin comer.
—Cuando el patrón habla, escuchas —le decía Marlene— cuando el patrón ordena, obedeces, ¿Entendido?
—Entendido —decía Cristal.
Franco casi no la miraba, aparecía a las siete de la mañana, se sentaba a la cabecera de la mesa, leía el periódico, tomaba café. A veces le hablaba a Cristal sin mirarla.
—Más café.
—Sí, señor.
—La servilleta está torcida, cambiala.
—Sí, señor.
Una noche, Cristal estaba lavando los platos en la cocina cuando escuchó la puerta de la entrada, Franco había regresado, pero no estaba solo, iba con una mujer que se reía escandalosamente, usaba tacones altos, de pelo rubio, la mujer le pasó la mano por el pecho y Franco le besó el cuello.
—Esta noche quiero conocer al verdadero Franco —le dijo la mujer.
—Lo conocerás preciosa —dijo Franco, riéndose.
Cristal se quedó quieta, con el plato en la mano, era la primera vez que lo veía reírse, la primera vez que lo veía sin esa máscara de hielo. Pero esa risa no era para ella, era para esa mujer.
Siguieron pasando los días, y las noches, Franco seguía trayendo mujeres, una diferente cada vez. Una modelo de Ipanema, una cantante, una abogada de Niterói. Había semanas en que eran dos en una sola noche, una que se iba y otra que entraba. Franco era un mujeriego empedernido, no escondía nada, cambiaba de mujer como cambiaba de camisa.
Cristal las veía pasar camino al cuarto de Franco, las veía salir, con el pelo revuelto, los labios mal pintados, la ropa mal abrochada. Las mujeres la miraban como si fuera un mueble, una de ellas, una noche, le tiró una moneda al piso.
—Toma —dijo— por el café.
Cristal recogió la moneda con pesar, sin contestar la guardó en el bolsillo, no era por el dinero, era porque esa moneda era lo único que esa mujer pensaba que ella valía.
Otra noche, una de las mujeres se paró en la cocina, con una copa en la mano, mirándola.
—Eres la nueva, ¿no? —dijo.
—Sí, señora.
—¿Y el patrón te trata bien?
—Sí, señora.
—A todas nos trata bien al principio, pero después, nos tira como pañuelos usados.
La mujer se terminó la copa y se fue al cuarto de Franco, taconeando, Cristal se quedó sola, mirando el piso. La frase le quedó dando vueltas, se preguntaba si se iba a acostumbrar a verlo entrar con una y verlo salir con otra.
Una tarde, Marlene la llamó aparte.
—Mija, no te encariñes con el patrón —le dijo— el patrón es como es, no es para ti, no es para nadie.
—No me encariño —dijo Cristal.
—Mentirosa, te he visto mirarlo, y él, por más frío que parezca, también te mira a ti, pero ten cuidado. Las mujeres que vienen acá son peligrosas y la peor de todas se llama Lorena, cuando viene, hace desastre.
—¿Lorena?
—La dueña de la boutique de Ipanema, la ex del patrón, la que todavía se cree la señora de esta casa, está por regresar de su viaje.
El viernes siguiente, Lorena llegó a la mansión, era alta, rubia teñida, vestida de rojo, con unos tacones que sonaban demasiado, besó a Franco en la boca, delante de todos. Le puso la mano en el pecho, le dijo al oído algo que sólo él escuchó, y se rió.
Cristal estaba sirviendo el café, la taza se le resbaló y se rompió en el piso, todos la miraron.
—Ay, Dios —dijo Lorena, riéndose— la sirvientita está nerviosa.
Cristal se agachó, a recoger los pedazos y se cortó un dedo, la sangre empezó a caer al piso. Marlene corrió, le dijo que se fuera, que ella recogía, pero Lorena que vio que la chica era bonita, la tomó del pelo, la levantó del piso, y la puso contra la pared.
—Escúchame bien —dijo— si vuelves a mirarlo, te mando cortar la cara. ¿Entendido?
—Sí, señora.
—Di, sí patrona.
—Sí, patrona.
Lorena la soltó, se sacudió las manos, como si hubiera tocado algo sucio, y se sentó sobre las piernas de Franco. Cristal se fue a la cocina, con el dedo sangrando, esa noche, sola en su pieza, apretó el péndulo de cristal contra el pecho y lloró, y no era por cómo la había tratado Lorena, era por lo que estaba sintiendo.
—No, Cristal, no vas a querer a este hombre, no vas a ser una más de su lista, no.
—Mamá —susurró— mamá, ¿por qué me duele esto?
A la mañana siguiente, Marlene le curó el dedo, le puso una venda, y le dijo:
—Hoy viene la hermana del patrón, se llama Marília, es peor que Lorena, así que cuídate.
—¿Peor?
—Mucho peor, Lorena es cruel, pero Marília es mucho más que ella, disfruta haciendo daño.
A las cuatro de la tarde, Marília llegó, era rubia, elegante, dueña de una clínica estética en Botafogo. Cruzó la sala y miró a Cristal, de arriba abajo, como quien mira un insecto.
—Así que es esta la nueva adquisición de mi hermano —dijo, delante de Marlene y de Kauê.
—Sí, señora —dijo Marlene.
—¿Y va a andar vestida así por mi casa? —dijo Marília, mirando el vestido sencillo que Cristal llevaba.
—No tiene otra cosa, señora.
—Comprale algo, un uniforme, pero nada caro, está no vale ni nada bueno.
Marília se rió, se dio vuelta y se fue a la sala donde Franco la esperaba, le dio un beso en la mejilla. Le dijo algo al oído, Franco se rió.
Esa noche, en su pieza, Cristal se miró en el espejo del baño, miró su cara, las ojeras, su pelo maltratado, y se preguntó, con la voz rota:
—¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Hasta cuándo va a durar esto?







