En el rostro de Franco se notaba que estaba furioso.
—Señor—dijo Marlene, con los ojos llenos de lágrimas— el bebé es suyo, mirelo, tiene sus ojos, tiene la misma cara que tenía usted de chiquito —Marlene había sido para Franco como una especie de nana.
—No me jodas, Marlene, tráeme a Lorena —ordenó.
Lorena estaba en la habitación, bajó cinco minutos después, vestía un vestido muy corto, llevaba el pelo suelto, y un gesto de fastidio por no saber qué carajos pasaba. Cuando vio al bebé, se le co