El martes, Franco amaneció de un humor de los mil demonios, era un mal humor que parecía salirle por los poros, les hablaba a todos más golpeado que de costumbre, y parecía mirar a Cristal con furia.
Kauê bajó a la cocina a las ocho de la mañana a darle instrucciones a Marlene, Marlene las pasó a Cristal, una tras otra, era como si Franco quisiera tenerla ocupada las veinticuatro horas del día, ordenó que planchara las camisas de él, que ordenara la oficina, que limpiara los baños de la planta