Mundo ficciónIniciar sesiónA los dieciocho años, Cristal seguía viviendo en la misma casa con las mismas tablas podridas, el mismo techo roto, durmiendo en la misma hamaca, llamaba mucho la atención por su piel blanca, por sus enormes ojos verdes, su pelo lacio, largo, rubio oscuro.
No se parecía a nadie del morro, no se parecía a su padre, y no se parecía a Iracema, que había sido de piel oscura como el café.
—Esa niña no es de aquí —decían las vecinas.
—Es muy blanca para esta favela.
—Pobre criatura, parece que se va a quebrar con sólo mirarla.
Josafá también lo sabía, por eso, cada vez que la miraba, la odiaba un poco más.
Aquel viernes, Cabeludo llegó más temprano que de costumbre, eran las tres de la tarde. Se paró en la puerta, sin tocar, mirando hacia dentro.
—Josafá —llamó— sal.
Josafá salió, tambaleándose.
—¿Qué pasa, Cabeludo? —preguntó.
—Pasa que se acabó el tiempo, Josafá, la cuenta está en cuarenta mil reales.
—Dame una semana más, Cabeludo, te lo suplico.
—No, ya no.
Cabeludo sacó un papel del bolsillo, se lo puso en la cara a Josafá.
—Firmá esto.
—¿Qué es eso?
—La cancelación de la deuda, si firmas, no nos debes nada.
—¿Y qué tengo que poner a cambio?
—A la muchacha, por el tiempo que al patrón se le antoje.
Josafá se quedó callado, miró el papel, luego miró hacia dentro, donde Cristal estaba barriendo.
—Ella no —murmuró.
—Ella sí, Josafá, no hay más, firma.
Josafá firmó, con las manos temblando, Cabeludo miró la firma, asintió con la cabeza, y se guardó el papel en el bolsillo.
—A las tres de la mañana vienen por ella —dijo— que esté lista.
—Pero, Cabeludo…
—A las tres.
Cabeludo se fue, Josafá se quedó en la puerta, mirando la calle, la cerveza se le cayó de la mano.
Dentro de la casa, Cristal seguía barriendo, algo, en el pecho, le decía que algo malo estaba por pasar.
—Papá —llamó— papá, ¿viene a comer?
Josafá no contestó, entró a la casa, se acostó en el piso mirando el techo. No miró a Cristal, ni le dijo nada.
A las tres de la mañana, dos hombres vestidos de negro llegaron a la puerta, golpearon una vez. Josafá abrió. Los hombres entraron por Cristal, le taparon la boca con la mano, la levantaron de la hamaca. Ella quiso gritar, pero no pudo, forcejeó, le lastimaron un brazo, le pusieron una venda en los ojos y la sacaron de la casa, en ropa de dormir, descalza.
—¡Papá! —gritó, antes de que la sacaran— ¡Papá, ayúdame!
Josafá estaba parado en la cocina, con la cerveza en la mano, la miró, pero no se movió, bajó la cabeza y siguió tomando.
La metieron en una camioneta negra, ella temblaba, la venda le apretaba los ojos, le dolía el brazo y tenía miedo.
—¿A dónde me llevan? —preguntó, con la voz quebrada.
No le contestaron.
El viaje fue largo, una hora, tal vez dos, la camioneta se detuvo, la sacaron del vehículo. El piso cambió: ya no era tierra, era piedra lisa, el lugar olía a limpio, a jazmín, a algo que ella nunca había olido.
La hicieron caminar, subió tres escalones, cruzó una puerta. La llevaron hasta una sala, le dijeron que se quedara parada y le quitaron la venda.
La luz la cegó, después, los ojos se le fueron acostumbrando, vio una sala enorme, con piso de mármol, muebles elegantes, al fondo vio sentado en un sillón, a un hombre.
Era joven, tendría unos treinta años, de pelo castaño claro peinado hacia atrás, piel blanca, parecía hombre de dinero. Sus ojos eran verdes claros, iguales a los de ella, la miraba sin parpadear, con la mandíbula, tensa.
Cristal se quedó quieta, bajó la mirada de ese hombre que le pareció demasiado atractivo, el corazón le latía en la garganta, apretó contra su pecho el péndulo de cristal que colgaba de su cuello, el único recuerdo que había quedado de su madre.
—¿Cómo te llamas? —dijo el hombre, su voz era baja, calmada, pero cortante.
—Lágrimas —susurró Cristal.
—¿Lágrimas? —repitió él— ¿Ese es tu nombre?
—Es el que me pusieron.
—Quiero tu nombre de verdad.
Cristal lo miró, apretó los labios, después con la voz más pequeña del mundo, dijo:
—Cristal.
El hombre la miró por largo rato, sin decir nada, después repitió su nombre.
—Cristal, te queda mejor.
Miró hacia un hombre parado en la puerta, y ordenó:
—Llévenla a la pieza del fondo, que se duche, que coma, y que descanse, mañana empieza.
Una mujer de pelo blanco, la llevó por un pasillo hasta una pieza chica, con cama limpia, sábanas que le parecieron muy blancas, y lo mejor, un baño propio, le dejó ropa sobre la cama y le dijo:
—Soy Marlene, no me molestes mucho, y no salgas de la pieza sin permiso.
—Gracias —susurró Cristal.
Marlene la miró, con una lástima que intentó disimular, después cerró la puerta.
Cristal se sentó en la cama, era blanda, muy blanda, miró la ropa, miró las sábanas, nunca había dormido en una cama. Se acostó sin desvestirse, mirando el techo, apretó el péndulo contra su pecho de nuevo.
—Mamá —susurró— mamá, mirá dónde estoy, hoy dormiré en una cama.
A la mañana siguiente, Marlene entró y le dijo:
—El patrón quiere que te bañes, que te vistas, y que bajes al comedor a las diez, sin falta.
—¿Y si no quiero?
—No preguntés, mija, acá no se pregunta, se obedece.
Cristal bajó al comedor a las diez, Franco estaba sentado a la cabecera, leyendo el periódico, sin levantar la cabeza, le dijo:
—Siéntate y come, no hables si no te pregunto.
Cristal se sentó, agarró un bocado con la mano, sintió que la comida se le atoraba en la garganta.
Franco levantó los ojos, una sola vez mientras ella comía. Miró el moretón del brazo, donde los hombres la habían lastimado, no dijo nada, siguió leyendo.
Poco después, Franco habló:
—De hoy en adelante, vas a hacer lo que yo te diga, cuando yo te diga, como yo te diga. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Cristal.
—Las reglas de la casa después vas a saber cuáles son.
Franco se levantó, dobló el periódico, y se fue, antes de cruzar la puerta, se detuvo, sin darse vuelta, y agregó, con la voz más fría todavía:
—Y no me mientas nunca, acá, las mentiras se pagan con sangre, de ahora en adelante comerás en la cocina.
Cristal se quedó sola en el comedor, temblando.
Lejos, en la favela, Josafá se tomó la última cerveza, miró la hamaca vacía donde ella dormía, después apagó la luz.
—Que sea lo que Dios quiera —murmuró.







