La noche cayó y las puertas de la habitación se abrieron de golpe con un estruendo que hizo eco entre las paredes revestidas de plata.
Mía se sobresaltó, los ojos abiertos como platos, mientras su cuerpo instintivamente se tensaba. El aroma a humedad y metal seguía impregnando el aire; era sofocante, pesado, pero ahora había otro olor… uno salvaje. Un lobo.
La figura que apareció era imponente: un guerrero de la manada, vestido con ropas oscuras, los ojos tan intensos como la luna llena.
—Sígu